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No siempre, pero sí muchas veces me siento estimulada en las piletas de
natación climatizadas. El agua calentita, la gente con poca ropa y
elastizada, haciendo ejercicio, generalmente con musculatura
pronunciada… y además que no soy la única: muchas personas se miran
entre ellas generando tensiones sexuales muy excitantes a mi gusto.Lo
único feo de las piletas de natación son esas pocas ropas que se usan:
las mallas enteras, las antiparras horrendas… los gorritos para el pelo…
buen, ¡un desastre!La que no usaba ni antiparras ni cofia era mi
profesora de natación (y bueno, ella no se metía al agua), y si bien sí
traía esa malla enteriza, a ella le quedaba bastante sexy: muchísimas
veces (quizá por la climatización) se le notaban los pezones a través de
la tela; tenía un buen par y muy buen físico en general. Delgada, pero
fibrosa, musculosa. Llevaba el pelo castaño atado en una colita; y lo
mejor de todo… lo ajustado de la malla en la parte púbica, que si le
prestabas atención, podías ver asomar algunos pelitos, o algo de
irritación por el cavado reciente.Yo le prestaba buena atención gran
parte del tiempo. Me excitaba pensar que lo hacía apropósito. No sabía
qué inclinación sexual tendría, pero lo hiciera para hombres o para
mujeres, era igual de excitante. También, cada tanto, ella me sorprendía
mirándosela… y después del susto, volvía a calentarme sabiendo que no
hacía nada para evitar mis miradas… quizá le gustaba.Fueron muchas
las noches después de nadar que, llegando a mi casa muerta, solamente me
tiraba en la cama y, antes de comer o dormir, me daba una buena
masturbadita dedicada a la profe Elena.Con los meses me fue
imposible dejar de mirarla de pies a cabeza. Clavaba la vista en cada
parte de su cuerpo, desnudándola con la mirada, sin darme cuenta hasta
que me encontraba con su mirada (usualmente me miraba como a una alumna
más, explicando alguna norma general del ejercicio). Algunas veces
sentía que su mirada era de aprobación, de afecto. Como que no rechazaba
mi atrevimiento, sino que le gustaba...Cada clase que sentía eso la
urgencia por ir a tocarme era más y más fuerte. Llegué a masturbarme en
las duchas del vestuario, y muchísimas veces me frotaba adentro mismo
de la pile, mientras esperaba que termine de darnos las consignas. En
una de esas, incluso llegué a descorrerme la mallita para meter con
disimulo uno, dos o tres deditos.Ya en los últimos tiempos se me
estaba volviendo fetiche o adicción. Si dejaba de nadar para escuchar a
la profe, no sacaba un ojo de encima de su cuerpo, ni un dedo de adentro
de mi vulva. Mis compañeros no se daban cuenta, estoy segurísima.
Incluso si uno de ellos se hubiera estado tocando en ese mismo momento,
no me habría dado cuenta… Sin embargo, Elena posiblemente sí, porque
desde afuera hacia adentro yo no sabía qué cosas se veían y qué cosas
no.Una vez, en verano, en medio de una de sus explicaciones, se me
quedó mirando largo rato. Acentuaba mucho la mirada en mí, y no parecía
tan complacida. Cuando terminó de hablar, todos nos dispusimos a empezar
el ejercicio, pero ella se arrodilló atrás mío, me tocó el hombro y me
dijo con voz severa: “Silvi, vos quedate, tengo que hablarte. ¡¡Vamos chicos!!”.Sentí
la adrenalina correrme por la nuca y, esperando lo peor, de un impulso
me senté en el borde de la pileta. Ella se quedó arrodillada a mi lado.
La dejé hablar, mirando el agua y pataleando nerviosamente: “Mirá, no sé bien cómo decirte esto y espero que no te ofendas. Voy a tratar de ser lo más centrada posible.” – No sacaba ese tono de represalia y mi cabeza iba a mil, sabiendo para dónde encaraba, pensando una excusa - “A
ver, bueno… esto es una pileta pública, bien sabés. Viene gente de
todas las edades, con cualquier creencia. Chicos, grandes, religiosos o
no…”. - Hizo una pausa, me miró, respiró hondo y siguió hablando, con enfado, pero casi susurrando: “Digo,
si una madre de un chico, o cualquiera, viene ahora y se queja de algo,
la responsable soy yo, ¿sabés? ¡¿Yo cómo explico que una alumna de mi
grupo… se masturba en la pileta?!”. – Se me cortó el aliento en
el instante y necesité tragar saliva aunque tenía la garganta seca.
Totalmente avergonzada moví mis pupilas hacia cualquier cosa que se
moviera, hasta que fugazmente miré los ojos de mi profesora, que me
miraban fijos, esperando una respuesta. Fruncía y raspaba mis labios,
uno contra otro por la ansiedad. Prosiguió: “Yo
lo único que te pido es que no lo hagas más, ¿puede ser?. No es lo que
quiero, pero si te veo de nuevo, te voy a tener que echar”. – No
me animé a mirarla a la cara cuando asentí con la cabeza. Volví a
meterme al agua y seguí nadando ausente, hasta que terminó la clase.Como
siempre, fui a la ducha, pero esta vez no me toqué… me quedé un largo
rato de cara a la regadera, pensando en lo que había pasado. Ya estaba
tomando la decisión de no volver más… ¡estaba tan avergonzada!.Para
relajarme intenté dejar la mente en blanco, concentrándome en lo que el
cuerpo sentía: los golpeteos de las gotas en mis párpados, en el
esternón, en mis pechos a través de la malla. Cómo el agua se deslizaba
hasta las piernas y llegaba al piso… Esa mano en mis caderas que se iban
a mi clítoris… “¡¿EH?!”
desconcertada abrí los ojos abajo del agua por la sorpresa: ¡esa mano no
era mía! Un par de pechos se apoyaron en mi espalda, seguidos por un
vientre. Una boca y su lengua empezaron a juguetear en mi cuello. Para
ese momento mi sorpresa se fue convirtiendo en placer. La mano me corrió
la malla y metió dos dedos en mi vagina. El susurro en mi oreja despejó
todas mis dudas: “Acá nadie te va a decir nada si te tocás un poquito…”. – Elena me estaba acosando.Me
di vuelta con mi boca entreabierta y mi lengua a medio sacar, los
párpados semi cerrados: el rostro de la ebriedad de deseo. Nos dimos un
beso húmedo, intenso, largo. Cada lengüeteo me provocaba cosquillas
ardientes. Con el labio inferior recorrió la comisura de mi boca muy
despacito, para terminar en un mordisco. Le pasé mi lengua a sus dientes
hasta que volvió a abrir la boca para recibirla adentro, tan adentro
como podía estirarla. Ella hacía lo mismo, nuestros paladares eran
rozados constantemente encontrando el placer en cada roce.Elena me
agarró fuerte del pelo y me tiró levemente hacia abajo, llevando sus
dientes a mi cuello. Deslizó la lengüita de ahí hasta el lóbulo de mi
oreja, que también mordió pasionalmente.Quise devolverle el favor,
pero era demasiado tarde, ya volvía a tomar la iniciativa arrodillándose
ante mí y rompiéndome la malla para comerme la cajetita (sí… ¡me rompió
la malla!). Lejos de enojarme por el descontrol, dejé que me la
limpiara bien.¡Lo bien que hacía el trabajo! se metía todo el
vulvito en la boca y de ahí le saboreaba cada rincón. Cada tanto la
lengüita traviesa se escapaba para intentar alcanzar el ano… ¡y eso me
volvía loca!.Mi posición no cambió en esos 10 minutos que estuvo
arrodillada: yo estaba parada con las piernas medio abiertas y la pelvis
inclinada hacia delante. Mis manos como garras en la tela de la malla,
que ahora que tenía cortada la unión de la pelvis, se arrugaba hasta la
altura de mi ombligo, quedando colgado en mi vientre lo que normalmente
debía taparme la pelvis.Al fin pude reaccionar, y lo único que quise
fue darme vuelta para entregarle la cola: de nuevo lo mismo. Una vez
tras otra pasaba esa lengua incansable por toda la raya, que permanecía
siempre húmeda por el agua que constantemente caía por cada surco de mi
cuerpo. En una miradita que le eché desde mi espalda, vi como esa misma
agua le salpicaba también en la cara a mi profe. Y no parecía
importarle, solo cerraba los ojos para no recibirla adentro, totalmente
ida, concentrada en lo que hacía con la boca. El agua que se deslizaba
por la curva de mis nalgas, terminaba en y entre los pechos de Elena,
que todavía traía envueltos en la malla.Me di vuelta una vez más y
la tomé por los hombros. Volvimos a besarnos y esta vez le bajé la malla
hasta descubrirle las tetas. Empezamos a rozarlas unas con otras
mientras manteníamos las bocas unidas y el agua se escurría por entre
nuestros cuerpos. Volvió a arrodillarse y esta vez, muy delicadamente,
metió dos dedos en mi vagina. Después tres, cuatro. Empezó a estirar el
diámetro y logró meter la palma. Yo no cabía de placer. Con mis manos me
separé las nalgas y me dejé sentir como el agua rozaba los bordes de mi
ano… Sentí que moría ahí mismo, que explotaba. Sentí que mi cuerpo era
muy liviano y yo era la mujer más feliz del mundo. Todo eso en los pocos
segundos que duró mi primer orgasmo.Lo disfruté muchísimo, y con
Elena estábamos buscando el segundo… cuando escuchamos el chirrido de la
puerta de la sección de duchas abriéndose. Las dos frenamos en el acto
para no hacer ruido. Escuchamos unas palmadas y una señora de voz gruesa
dijo que debíamos ir saliendo porque cerraba el lugar.Elena se
acomodó y guardó sus pechos, y yo me saqué la malla entera. Ella me
alcanzó después unas toallas y llegando al vestuario, empezamos a
vestirnos.Como no había nadie, aproveché y le di unos besos. Le dije de encontrarnos en otro momento y me contestó con otro beso.Cuando ella terminó de vestirse, a mi me faltaban las zapatillas. Ya parándose me empezó a hablar: “Silvi… te juro que me calentás desde el primer día y ésta es una de mis fantasías que cumplís.” – La miraba con una sonrisa, sintiéndome halagada, y siguió: “Lo que hablamos hoy, lo hablamos porque el bañero te vio y me llamó la atención la semana pasada.” – Dejé de atarme los cordones y me la quedé mirando con la boca abierta “…Me
dijo que te podía echar si quería, y a mi. Le pedí por favor que no. Y…
buen, entre otras le debo un par de favores ya, y el asunto es… que
quiere que te convenza de hacer un trío”. – Esa noticia se me
clavó en el corazón, esperaba todo menos eso. A mí los hombres no me
gustan, y eso le dije. Ella me respondió que por eso no me preocupe, que
de última podía fingir, o bien podía ocuparme de ella mientras ella se
ocupaba de él… que eso iba a ser suficiente para calmarlo.De
cualquier forma, se presentaba una oportunidad nueva, interesante y
excitante. Acepté, con la condición de que ella me cuidara y de que no
iba a pasar nada que yo no quisiera. Le dejé bien en claro que lo hacía
por ella y que a quien yo deseaba era a ella.La historia con el bañero pasó… ¡pero la cuento en otro relato!
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