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2011-05-23 - Nestor: Año nuevo fraternal « Volver


a noche de año nuevo y ya pasaban de las
cuatro de la madrugada cuando, a trompicones, conseguí subir las
escaleras del chalet con mi hermano Raúl ayudándome. En el salón todavía
había jaleo, con toda mi familia cantando y bailando, pero yo me había
pasado mezclando alcohol y mi padre me había pedido que, por favor, me
subiera a dormir. Fue una buena idea.
 
Mi hermano abrió la habitación de mi
cuarto y me invitó a pasar. Él también iba algo ebrio y juntos nos
carcajeábamos. Raúl, tenía 18 añitos y yo le sacaba seis, pues tenía 24.
Estábamos muy pedo, así que cerró la puerta y me dejó desplomarme sobre
la cama.
 
-¡Estoy muy mareado! –dije, antes de que él, risueño y alcoholizado, se abalanzara sobre mí.
 
-¿Te ayudo a quitarte la ropa? –soltó, tirando de mi camisa y sacándomela por fuera del pantalón.
 
-Ayúdame a quitarme los zapatos –le rogué, entre risas.
 
-Vas muy pedo. Papá está enfadado –me
informó, quitándoseme de encima y poniéndose de rodillas en el suelo
para desabrocharme los zapatos mientras yo hacía lo propio con el
cinturón y algunos botones de la camisa.
 
-Tú también vas borracho –observé.
 
-Pero no tanto como tú. No puedes mantener los ojos abiertos –rió, levantándose y abalanzándose de nuevo sobre mí.
 
Reímos más y le solté una pequeña
bofetada en la cara. Él me la devolvió y empezó a forcejear con los
botones de mi camisa, pero me desquité para que no siguiera.
 
-Quita, mariquita –le insulté. –Puedo desnudarme yo sólo, que sé que a ti te gusta.
 
-¡Imbécil! –forcejeó un poco más.
 
-¡Suelta, marica! ¡Soy tu hermano! ¡No puedes tocarme así! –grité mientras me hacía cosquillas.
 
-Deja de llamarme marica –dijo Raúl autoritario.
 
-Pero si es que lo eres.
 
-Soy gay. No marica.
 
-¡Es lo mismo! –reí, mientras que él conseguía desabrocharme la camisa totalmente y dejar mi pecho al aire.
 
De repente se detuvo, sentando a
horcajadas sobre mí, mirándome el torso y luego la cara. Mis abdominales
estaban bien marcados y currados en el gimnasio. Eran voluminosos y
duros, lo mismo que mis buenas tetas, con mis grandes y marrones
pezones. Raúl me miró, sonriendo con malicia.
-No tienes cojones –le dije.
 
-¿Para qué? –preguntó con cierta vacilación. Me quedé callado, mirándole.
 
-Porque sabes que estoy bueno, eh –añadí, chulo.
 
-¿No tengo cojones para qué? –repitió
interrogante, desafiándome con los ojos. Volví a quedarme callado.
–Luego me llamarás maricón más aposta. Y me jode que me lo digas
–recalcó sincero.
 
-No tienes cojones –sonreí, retándole, sabiendo que, en cierto modo, nunca sería capaz de hacerlo.
 
-Estás muy borracho. Si no, no lo dirías.
 
-Sé que a veces me miras –continué con mi sonrisa malévola. –Me doy cuenta siempre.
 
-¡Eres un gilipollas! Te miro porque me
gustaría ser como tú y tener tu cuerpo. ¡Nada más! –se puso a la
defensiva. –También miro a Luis –se refirió a nuestro hermano mayor. –No
significa… Nada.
 
-Pero el caso es que no tienes cojones –le agarré una mano y le hice que me estrujara mi dura teta.
 
-Vete a la mierda –soltó, deshaciéndose de mi mano.
 
Y entonces, cuando me sentía ganador
triunfal tras aquella humillación a mi hermano pequeño, Raúl se abalanzó
sobre mí y hundió su boca en la carne de mi cuello, tomándome por
sorpresa y provocándome un fuerte gemido y estremecimiento. Le cogí de
la cabeza para retirarle pero mis dedos se escurrieron y sentí un
segundo mordisco en el cuello, algo más arriba, mientras él echaba todo
su peso sobre mi cuerpo. Volví a estremecerme y a ahogar un jadeo de
impresión, al notar su segundo embiste, con su lengua húmeda en aquella
zona tan sensible.
 
-Raúl –logré articular su nombre.
 
Se retiró, mirándome triunfal, todavía a horcajadas sobre mí. Estaba exultante.
 
-¿No tengo cojones para qué? –me preguntó ahora.
 
-No tienes huevos –me limpié con la mano la saliva que había dejado en mi cuello.
 
-¿Quieres más? –me retó.
 
-No tienes lo que hay que tener…
 
Y esta vez si fui totalmente consciente
de que se inclinaba sobre mí, atrapaba mi cabeza con sus manos y buscaba
mi boca, la cual encontró. Era la primera vez que hacía aquello con
otro hombre y jamás hubiera podido imaginar que la lengua que pudiera
jugar en el interior de mi boca fuera la de mi hermano pequeño, el cual
nos había confesado su orientación sexual apenas unos meses atrás. El
caso es que el alcohol me había desinhibido y separé mis labios para que
mi hermano se complaciera con ellos en un juego pícaro pero a la vez
inocente.
 
Besaba bien, a pesar de que parecía inexperto. Le separé por un momento y le miré. Su gesto era serio.
 
-Sí tengo cojones –masculló.
 
-Lo sé –respondí. –Los notó. Y tu polla
también está bien dura –bromeé, robándole una sonrisa. –Besas bien, eh.
¿Has practicado mucho?
 
-Algo –sonrió satisfecho de que le reconociera su hazaña.
 
-Pero tienes que hacerlo más despacio. Mueves la lengua muy deprisa.
 
-¿Deprisa? –arrugó la nariz.
 
-Sí. Tienes que hacerlo así –dije.
 
Y le empujé la nuca para que volviera a
juntar mi boca con la suya. Él la abrió enseguida mientras que yo dejaba
mis labios algo entrecerrados. Después, poco a poco, me fui acoplado a
él, con una cadencia lenta, intensa, introduciendo saliva en su boca e
intercambiándola con la mía.
 
Mi hermano soltó un gemido. Supongo que
lo estaba flipando. Seguimos morreándonos durante un minuto más y
después nos separamos, sonriendo.
 
-Joder –intentó recuperar el aliento.
 
-Sí. Ha estado bien –dije.
 
-¿Se te ha puesto dura? –plantó su mano contra mi paquete, tanteando mi rabo. Nunca le había visto tan desinhibido conmigo.
 
-No –sonreí, tocándome el paquete
también. -La tengo un poco más morcillona, pero no dura. Al que le molan
los tíos aquí es a ti, mariquita –bromeé.
 
-Estoy a tope –confesó. –Nunca antes habíamos hecho algo parecido a esto –habló con cierta decepción-, pero, joder…
 
-Te mola, eh.
 
-¿A ti no?
 
-Sí –acabé aceptando. –Me da morbete la
situación, aunque creo que es porque voy bastante borracho. Echa el
pestillo de la puerta –le pedí. Mi hermano se levantó y obedeció.
Después se quedó esperando más instrucciones. –Vamos, ven aquí –le dije.
Se vino para la cama, esta vez tumbándose a mi lado, de costado, y le
tomé por la nuca.
 
-¿Nos vamos a enrollar? –preguntó catatónico.
 
-Nunca me he enrollado con un tío –declaré. –Pero no pasa nada si nos enrollamos, ¿no?
 
-Somos hermanos –observó.
 
-Lo sé. No debe de estar bien esto…
 
Pero no dio tiempo a más, pues fue Raúl
quien me buscó la boca. Así que comenzamos a liarnos tranquilamente. Nos
besábamos, yo le acariciaba su cabeza casi rapada y él me sobaba el
torso y bajaba algo más allá de mi ombligo. Se desabrochó la camisa y
dejó al aire su cuerpo delgado y lampiño, muchos más pálido que el mío,
que mostraba un cierto tono moreno. Después me desabotonó el pantalón y
tiró un poco de él, dejando a la vista parte de mis calzoncillos. Le
palpé el paquete por encima del pantalón. Su polla delgada y larga
estaba a punto de desgarrar la tela.
 
-Vamos a desnudarnos, anda –le dije.
 
Se puso en pie, se sacó el pantalón y me
mostró su protuberante tienda de campaña. Después se deshizo de los
bóxer y fuera saltó su tieso rabo de piel lechosa y con su rojo
capullete a medio escapar de su fino prepucio. Él me miró atento y yo
hice lo mismo, deshaciéndome del pantalón y sacándome la camisa. Me
levanté para bajarme el calzoncillo y él capturó entonces mis bolazas de
carne llenas de pelos negros entre sus dedos. Me saqué el bóxer
ajustado por los tobillos y meneé mi rabo, algo más gordo, morenote,
pero fláccido todavía. Era increíble que fuéramos hermanos. Nos
parecíamos en los rasgos de la cara, pero en el resto éramos tan
distintos.
 
Mi rabo debía de tener casi la misma
longitud que el de Raúl, sólo que yo lo tenía más moreno y gordo.
Compararíamos si conseguía que se me pusiera dura.
 
Mi hermano se acercó de mí, de pie, nos
apretujamos y buscamos de nuevo nuestras boca. Su enhiesta polla chocó
contra la piel de mi vientre y dejó un surco de líquido preseminal que
noté caliente. Tenía el cipote a punto de estallarle y sentí una fuerte
ternura hacia mi hermano pequeño y sus ansias de experimentar un cuerpo
varón, aunque eso supusiera que fuera el mío. Así que le separé un poco,
le miré sonriente y le di un simple pico, haciéndole que esperara. Puse
mi mano sobre su hombro antes de hablarle.
 
-¿Te has comido ya alguna polla? –le pregunté. Él negó con la cabeza.
 
-Es que todavía no he conocido a nadie que…
 
-Si quieres yo pongo mi polla dura y te
la comes –ofrecí, comenzando a pajearme lentamente, descorriendo mi
frenillo y todo el grueso pellejo que cubría. –Mejor que sea la mía, que
estoy sano y soy de confianza que no la de cualquiera. Sobre todo
siendo la primera…
 
Raúl resopló y cerró los ojos.
 
-Creo que me voy a correr sin siquiera
tocarme –intentó contenerse. Ver su rabo era una maravilla y sí, avisaba
con eyacular de lo cachondo que estaba.
 
-Respira –reí.
 
-Es que es muy morboso que tú… Encima tú…
 
-Venga, arrodíllate –Me hizo caso.
 
-No sé si puedo –dijo, con mi rabazo ya
casi enhiesto frente a su cara. Le solté un pollazo y ambos reímos. –Es
demasiado… Es incesto… y está mal…
 
-Prueba –le arrimé mi salchichaza a su boca, la cual recibió gimiendo y estrujándose su propio rabo.
 
Noté la calidez de su boca sobre mi
capullo y poco a poco se fue introduciéndole parte del tronco. De pronto
mi polla se dio un respingo y se puso más robusta, y mis cojones se
endurecieron. Nunca hubiera soñado que tener mi cipote entre los labios
de otro hombre…
 
Tomé a mi hermano por la cabeza y
empujé, comenzando un pequeño mete saca que obligó a Raúl a agarrarse
con una mano a mi muslo y con la otra se paseaba por mi duro vientre.
Lentamente le iba bombeando en su boquita de adolescente y mi rabo
palpitaba más y más fuerte. Le sujeté más fuerte de la cabeza.
 
-Métetela entera en la garganta, hasta que mis huevos te golpeen en la barbilla.
 
Él se preparó, dispuso, y yo empujé,
hundiéndome sin remedio en su esófago, atravesándole la campanilla. Gemí
como un perro al notar que mi hermano me tragaba. Aquel niñito me
tragaba.
 
Igual que me la había metido de golpe,
se la saqué de golpe y me pajeé lentamente para intentar aguantar la
corrida que se me venía. Pero no era capaz. Mi hermano empezó a agitarse
y a convulsionarse. Se estaba corriendo sin manos, pues con ambas se
aferraba a mis muslos.
 
-Me corro –le avisé. -¿Dónde me corro?
 
Él, sobreponiéndose a su orgasmo que le
sacaba como un manantial chorros de lefa que se estrellaban contra el
suelo, abrió los ojos y separó sus labios. Irremediablemente metí mi
polla cabezona allí y me dispuse a verter todo el contenido de mis
peludos huevos, que pronto comenzó a manar del ojete de mi capullote y
le inundó la boquita, haciendo que sus comisuras dejaran escapar grandes
cantidades fuera.
 
Cuando se la saqué de la boca, le miré
con ojos vidriosos y con las rodillas temblando. No se tragaba el semen,
lo mantenía caliente, allí en su boca, mirándome. Supe que esperaba
instrucciones.
 
-No tienes porque tragarlo si no quieres
–le indiqué, posando mis dedos en su mejilla con ternura. Entonces él
alcanzó su calzoncillo y escupió allí toda mi leche, limpiándose después
los restos de la cara.
 
Le sonreí afectuosamente, me arrodillé
frente a él y, cuando ya se había limpiado, nos fundimos en un abrazo.
Después le di un sonoro beso en la mejilla.
 
-Gracias –me dijo, con la respiración algo más recuperada.
 
-No me des las gracias por esto. Es algo que no está del todo bien.
 
-Da igual. Aunque no esté bien o no lo volvamos a repetir. Ha sido la mejor experiencia de mi vida.
 
-Sólo es la primera, Raúl.
 
-Sí, pero tú… Y tu rabo… -sonrió.
 
No pude menos que acercarme a su boca y besarle nuevamente, notando cierto regusto a mi salobre lefa, cosa que no me disgustó.
 
-Enséñame ese calzoncillo –le pedí. Lo
tenía entre las manos y lo abrió, mostrándome el charco de semen. –Dame
–le dije, y me lo acercó a la cara. –Me apetece tomarme un buen vaso de
leche caliente antes de dormir.
 
-Todo tuyo –dijo mi hermano, viendo
fascinado como me comía hasta la última gota de mi propia lefa y después
le sonreía satisfecho. -¡Delicioso! –exclamé.

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